Era diciembre de 2015 y en el barrio Siloé, ladera occidental de Cali, tres niños juraron haber visto lo mismo. Una figura pequeña. Sombrero grande. Ojos que brillaban en la penumbra del callejón.
Los adultos no se rieron. En Siloé nadie se ríe de eso.

Los duendes en Colombia no son un cuento infantil importado de Europa, ya que son una presencia registrada en actas de policía, en consultas psiquiátricas, en denuncias de desaparición y en la memoria oral de al menos veinte departamentos. Y en ciertos barrios de Cali, la tradición del duende que se lleva a los niños sigue viva con una fuerza que incomoda a cualquiera que pretenda reducirla a folclor.
Este artículo no pretende decidir qué es real, pero sí pretende mostrar lo que hay documentado, lo que se ha reportado, lo que se ha interpretado y lo que nadie ha querido investigar a fondo.
Qué se cuenta exactamente sobre los duendes en Colombia
La descripción es sorprendentemente estable a lo largo del territorio. Eso es lo primero que llama la atención.
Un ser de entre 60 centímetros y un metro de altura. Aspecto de niño pero con rostro envejecido. Sombrero de ala ancha, generalmente descrito como desproporcionado. Ropa a veces roja, a veces verde, a veces “de campesino viejo”. Manos con dedos largos. Pies hacia atrás en algunas versiones del Pacífico.
Y un detalle que se repite con insistencia inquietante: el olor, ya que testigos de regiones que nunca se han comunicado entre sí mencionan un hedor a azufre, a fruta podrida o a “tierra mojada con algo más”.
[DOCUMENTADO] El folclorista Javier Ocampo López, en su trabajo sobre mitología colombiana, registró variantes del duende en Boyacá, Santander, Tolima, Antioquia, Nariño, Chocó y Valle del Cauca. Así, la coincidencia morfológica entre regiones separadas por cordilleras es un hecho etnográfico verificable, sin importar qué se concluya de él.
Pero el comportamiento atribuido es lo verdaderamente perturbador.
El patrón de conducta: no es un duende travieso
La versión sanitizada, la de los libros escolares, presenta al duende como un bromista. Esconde objetos. Trenza las crines de los caballos. Silba en los cafetales.
La versión que se cuenta en las casas es otra.
El duende selecciona. Ese es el verbo que usan los abuelos, porque no agarra al primero que pasa: elige a un niño específico, generalmente entre los cuatro y los nueve años, y lo corteja durante días o semanas.
Además, el cortejo tiene fases descritas de forma casi idéntica en testimonios recogidos en el Valle, el Eje Cafetero y el Magdalena Medio:
- Los regalos. Aparecen monedas, dulces, flores, piedras brillantes. El niño los guarda y no dice nada.
- El juego. El niño empieza a hablar con “un amigo” que los adultos no ven.
- El cambio. Pérdida de apetito, insomnio, mirada fija, desinterés por la familia.
- La llamada. El niño intenta salir de la casa de noche. A veces sonámbulo. A veces despierto y decidido.
Esa secuencia de cuatro fases es lo que en Siloé llaman “estar enduendado”.
Las escaleras y callejones de Siloé, en la ladera de Cali, son el escenario recurrente de los relatos sobre el duende.
Siloé: por qué este barrio concentra los relatos
[DOCUMENTADO] Siloé es un conjunto de barrios ubicado en la Comuna 20 de Cali, sobre la ladera de los Farallones. Además, su poblamiento comenzó en las primeras décadas del siglo XX alrededor de la explotación de minas de carbón. Mineros del Cauca, de Nariño y del norte del Valle llegaron a abrir túneles en la montaña.
Ese dato no es decorativo. Es el corazón del asunto.
Por otra parte, la figura del duende, en la tradición europea y en la andina, está vinculada de forma inseparable al subsuelo. Por ejemplo, el kobold alemán, el knocker de Cornualles, el Muki de los Andes peruanos y bolivianos: todos son entidades de mina. Todos golpean las paredes de roca. Todos se llevan gente.
Siloé nació de agujeros en la tierra. Y sobre esos agujeros se construyeron casas.
[REPORTADO] Habitantes antiguos de la Comuna 20 han descrito ante medios locales la existencia de túneles mineros sellados o semiabandonados bajo viviendas del sector. Incluso, algunos relatos sostienen que ciertos niños desaparecidos a lo largo de las décadas fueron buscados precisamente en esas bocaminas.
Ahora, la pregunta que casi nadie formula: ¿la leyenda vino con los mineros, o la leyenda nació de lo que los mineros encontraron?
El caso de Siloé: lo que se reportó y lo que se silenció
Hablar de “el caso de Siloé” es hablar de un conjunto de episodios acumulados, no de un expediente único. Y ahí está parte del problema, porque nunca se sistematizaron.
[REPORTADO] Entre las décadas de 1980 y 2000, medios caleños y emisoras comunitarias recogieron de forma intermitente denuncias de familias de la Comuna 20 que atribuían a “el duende” conductas anómalas en menores, objetos desplazados dentro de las casas y, en los casos más graves, desapariciones temporales de niños que reaparecían desorientados en zonas altas de la ladera.
Los patrones repetidos en esos reportes son cuatro:
- El niño desaparece de un espacio cerrado o supervisado.
- Es hallado horas después, a veces a más de un kilómetro, en terreno que un menor no debería poder recorrer solo.
- No recuerda el trayecto. Recuerda “un señor pequeño” o “un amigo”.
- No presenta lesiones compatibles con el terreno atravesado.
Pero ese punto cuatro es el que nadie ha explicado. Un niño de seis años que recorre una ladera de los Farallones de noche debería llegar con los pies destrozados. En varios relatos, no los tiene.
[DOCUMENTADO] Lo que sí está registrado sin discusión es el contexto, porque Siloé fue durante décadas una de las zonas más golpeadas de Cali por la violencia urbana, el abandono estatal y la estigmatización mediática. La Comuna 20 aparecía en la prensa por cifras de homicidios, rara vez por cualquier otra cosa.
Ese es el ángulo incómodo, ya que en un territorio donde la desaparición de un niño podía tener causas terriblemente humanas, ¿cuántos casos se archivaron bajo la etiqueta de “leyenda”?
La leyenda pudo ser, en algunos casos, un archivador conveniente.
Avistamientos de duendes en Colombia más allá del Valle
Siloé no es una anomalía aislada. Es un nodo de concentración dentro de un fenómeno nacional.
[REPORTADO] En 2011, el caso de una familia en el municipio de Suesca, Cundinamarca, circuló en prensa nacional por denuncias de fenómenos atribuidos a duendes. Por un lado, en Tolima y Huila, los testimonios se concentran en fincas cafeteras y zonas de guadua. En el Chocó y el Pacífico nariñense, la figura se mezcla con el “Duende del río” y con la tradición del Tunda, entidad que también arrebata niños.
La Tunda merece atención aparte, porque en la tradición afropacífica se describe como un ser que adopta la apariencia de un familiar – la madre, típicamente – para atraer al niño hacia el monte. Una de sus piernas termina en pata de molinillo.
Misma función. Distinto disfraz.
Y en Cundinamarca hay un territorio donde la frontera entre lo folclórico y lo inexplicado se vuelve especialmente delgada: la zona de Tenjo, donde los relatos de seres pequeños, luces y desapariciones breves conviven desde generaciones. Ese caso lo abordamos en profundidad en el registro sobre la peña de Juaica, donde la desaparición temporal de personas es el eje central de la tradición local.
La coincidencia estructural entre Juaica y Siloé es notable, porque en ambos lugares, la gente desaparece brevemente y regresa sin memoria del intervalo.
Las bocaminas abandonadas aparecen de forma recurrente en los relatos sobre duendes en Colombia.
Líneas de investigación: cuatro lecturas del mismo fenómeno
Aquí conviven cuatro interpretaciones. Ninguna anula a las otras, y las presentamos con el mismo peso.
1. La lectura antropológica: el duende como dispositivo de control
[HIPÓTESIS] La versión más aceptada en la academia sostiene que el duende es una construcción cultural con función pedagógica. Así, en territorios con precipicios, ríos crecidos, socavones abiertos y minas sin sellar, el relato del duende cumple un propósito evidente: mantener a los niños dentro de la casa después del anochecer.
Es una hipótesis robusta. Y explica bien la distribución geográfica: donde hay peligro topográfico, hay duende.
Pero tiene un punto ciego. No explica por qué los adultos reportan avistamientos. Ni por qué la descripción física es tan consistente entre comunidades sin contacto. Una advertencia pedagógica no necesita un sombrero de ala ancha ni olor a azufre.
2. La lectura del sincretismo colonial
[DOCUMENTADO] La palabra “duende” es española, contracción de “dueño de casa”. Así llegó con la conquista y se superpuso a entidades preexistentes: los mohanes muiscas y del Magdalena, los espíritus guardianes del oro, los seres del monte de las tradiciones indígenas del Cauca.
El resultado es una entidad híbrida. Cuerpo europeo, comportamiento americano.
Este marco explica algo interesante, porque en la tradición muisca y en varias culturas andinas, ciertos seres del subsuelo custodiaban el oro y castigaban a quien perforaba la montaña. Cuando los mineros de Siloé abrieron túneles en los Farallones, estaban repitiendo una transgresión que la mitología local ya había codificado siglos antes.
El duende de Siloé, bajo esta lectura, es el cobro.
3. La lectura del fenómeno interdimensional
[ESPECULACIÓN FUNDAMENTADA] Una línea de investigación no oficial – desarrollada desde los años setenta por autores que estudian el fenómeno OVNI en clave folclórica – sostiene que los seres pequeños de la tradición mundial no son símbolos, sino reportes de contacto reinterpretados según el marco cultural disponible.
El argumento es este: las abducciones modernas y los raptos de duendes comparten la misma arquitectura narrativa. Ser de baja estatura. Ojos grandes o brillantes. Pérdida de tiempo. Desorientación posterior. Amnesia parcial. Aparición en un lugar distinto al de la desaparición. Marcas o ausencia sospechosa de marcas.
Bajo esta hipótesis, el campesino del siglo XIX que veía un duende y el testigo del siglo XXI que reporta un humanoide gris estarían describiendo el mismo evento con vocabularios distintos.
Los indicios que apuntan en esta dirección incluyen la distribución de los avistamientos: en Colombia, varios de los territorios con mayor densidad de relatos de duendes coinciden con zonas de alta actividad de fenómenos aéreos no identificados. La correlación no prueba causalidad, pero está ahí, y nadie la ha mapeado sistemáticamente.
Esa superposición entre lo mítico y lo aeroespacial es la misma que analizamos al documentar la esfera de Buga, otro caso del Valle del Cauca donde la tradición local y el fenómeno anómalo se cruzan.
4. La lectura geológica y neurológica
[ESPECULACIÓN FUNDAMENTADA] Hay una vía que casi nadie explora, y es la que más me interesa.
Siloé está construido sobre roca perforada por minas de carbón. Además, las minas de carbón abandonadas producen tres cosas medibles: emanaciones de gases (metano, monóxido de carbono, sulfuro de hidrógeno), anomalías en el campo magnético local por concentración de minerales, e infrasonido generado por corrientes de aire en cavidades cerradas.
Los tres factores tienen efectos neurológicos documentados:
- El sulfuro de hidrógeno huele a azufre y a huevo podrido. Coincide exactamente con el olor descrito.
- El monóxido de carbono en dosis bajas produce confusión, alucinaciones visuales y pérdida de orientación.
- El infrasonido alrededor de 19 Hz genera sensación de presencia, visión periférica distorsionada y ansiedad.
Por eso, un niño jugando cerca de una bocamina sellada, expuesto a esa combinación, podría desorientarse, caminar sin registro consciente y aparecer lejos sin recordar nada.
Esta hipótesis es fascinante porque no destruye la leyenda: la valida. Los abuelos de Siloé habrían estado advirtiendo de un peligro real durante un siglo, usando el único lenguaje que tenían. Y nadie escuchó.
Sin embargo, nadie ha medido gases ni campos magnéticos en la Comuna 20 buscando correlación con los relatos. Eso sería investigación de verdad. Se sigue sin hacer.
El ángulo que otros medios ignoran
Cuando la prensa nacional habla del duende, lo hace en diciembre, con tono simpático, en la sección de entretenimiento. Es el segmento de relleno de fin de año.
Hay tres preguntas que ese tratamiento nunca formula.
Primera. ¿Cuántas denuncias de desaparición de menores en zonas de tradición fuerte de duendes fueron desestimadas por los propios funcionarios por considerarlas “superstición”? No existe ese cruce de datos. Debería existir.
Segunda. ¿Por qué el relato del duende se intensifica precisamente en territorios con presencia de economías ilegales? En regiones de minería informal, de cultivos de uso ilícito y de control armado no estatal, la frecuencia de relatos sobre seres que “se llevan a los niños” es notablemente alta. Una hipótesis incómoda: el mito pudo servir como cobertura narrativa para reclutamientos forzados y desapariciones reales.
Si un niño desaparece y la comunidad dice “se lo llevó el duende”, nadie busca. Nadie denuncia. Nadie investiga.
Eso es útil para alguien.
Tercera. ¿Por qué las autoridades municipales de Cali nunca han publicado un inventario completo de las bocaminas de la Comuna 20? Hay túneles bajo casas habitadas cuya ubicación exacta se desconoce. Ese es un problema de seguridad pública de primer orden, y lleva décadas sin resolverse.
La leyenda del duende ha sido, sin proponérselo, la única señalización de peligro en esas laderas.
Los rituales de protección: lo que la gente hace realmente
[DOCUMENTADO] Las prácticas de protección registradas en el Valle del Cauca y el Eje Cafetero son específicas y se transmiten con precisión ritual:
- Tijeras abiertas en cruz bajo la cama o el colchón del niño.
- Ruda y romero en las esquinas de la habitación.
- Sal gruesa en el umbral de la puerta.
- Un espejo pequeño colgado frente a la entrada.
- Nunca pronunciar el nombre del niño en voz alta después del anochecer.
- No aceptar ni conservar los “regalos” encontrados. Se devuelven al monte o al agua.
Esa última regla es la más reveladora, porque es una prohibición de intercambio. La lógica subyacente es que aceptar un objeto establece un vínculo, una deuda, un contrato.
De hecho, es la misma estructura del pacto que aparece en el folclor europeo de las hadas: quien come, bebe o recibe algo del otro mundo queda atado a él. Dos tradiciones separadas por un océano, construyendo la misma regla.
¿Difusión cultural? Es la explicación más simple. ¿O dos pueblos describiendo el mismo mecanismo observado?
Qué queda en pie
Después de revisar el material, hay cosas que se pueden afirmar sin forzar nada.
Los duendes en Colombia constituyen un corpus de testimonios amplio, geográficamente extendido y morfológicamente coherente. Siloé es uno de sus epicentros urbanos, y no por casualidad: es un barrio construido sobre un laberinto de minas.
No hay expediente judicial que atribuya una desaparición a una entidad no humana. Pero tampoco hay investigación seria que haya cruzado los relatos con datos geológicos, registros de gases, mapas de bocaminas o archivos de denuncias archivadas.
Nadie ha hecho el trabajo. Es más cómodo llamarlo folclor y pasar a la siguiente noticia.
Y mientras tanto, en las escaleras de la Comuna 20, las abuelas siguen poniendo tijeras bajo el colchón. No porque crean en cuentos. Porque hace cien años, en esa montaña, empezaron a desaparecer niños y alguien tuvo que inventar una forma de hablar de eso.
Si usted conoce un testimonio de primera mano en Siloé, en el Valle o en cualquier territorio con tradición de duendes, hay una pregunta que vale más que cualquier teoría: ¿qué exactamente vio esa persona, y qué había debajo del suelo donde lo vio?
La verdad no siempre está donde el consenso la busca.
Fuentes y lecturas de referencia
- Siloé, Cali – contexto histórico y minero
- Duende – origen del término y distribución
- La Tunda – tradición del Pacífico colombiano
- El Muki – entidad andina de las minas
- Javier Ocampo López – mitos y leyendas de Colombia
Tijeras abiertas en cruz, ruda y sal: los elementos del ritual de protección más extendido en el Valle del Cauca.

Lo que se ha documentado en Siloé en 2026
No todo lo que se cuenta sobre Siloé tiene la misma base documental. Por ejemplo, en 2026, la desaparición de una niña de tres años en el sector La Estrella terminó rodeada de versiones sobre un supuesto duende. Según el diario Occidente, esas versiones surgieron en redes sociales y grupos comunitarios, pero ninguna autoridad las confirmó. La Secretaría de Gestión del Riesgo informó que la niña fue encontrada con vida y que las autoridades descartaron cualquier relación con un secuestro.
Aun así, lo que sí queda claro es que la atribución al duende circuló con fuerza en la comunidad, en un barrio de ladera con calles empinadas y callejones estrechos. Cada lector puede decidir qué peso darle a esas versiones frente a los datos oficiales.
Fuentes consultadas: Occidente, niña desaparecida en Siloé.





